martes, 7 de junio de 2011

Juego libre

Hoy vamos a hacer un experimento y si sale bien, tal vez lo repitamos. Consiste en que durante la sesión de hoy vais a poder jugar a lo que queráis, pero con dos condiciones. La primera es que no vale estar sin hacer nada, o sea, que hay que jugar, moverse, participar en la clase. La segunda es que aunque yo esté aquí, seré solamente un observador, así que tendréis que resolver vuestras discusiones (porque seguro que las habrá) vosotros solos; eso sí, nada de enfadarse y ¡hala, ya no juego!, tendréis que buscar una solución a los conflictos que puedan surgir del juego de modo que todos continuéis jugando. ¿Qué os parece? ¿estáis de acuerdo?

Y claro que están de acuerdo: ¡fútbooool! ¡yo quiero un aro! ¡nosotras queremos las cuerdas! ¡otra pelota para nosotros! ¿podemos sacar la cama elástica?. Después de negociar el material, su uso, los responsables… lo reparto y empieza el show.
Primero toman posesión de sus territorios, discusiones fronterizas incluidas, aquí el fútbol, allí los aros, etc. Después intentan organizarse, los grupos, los roles, etc. Hay a quienes esto les lleva más de cinco minutos entre refunfuñar, marimandar y finalmente aceptar las normas más o menos arbitrarias del juego. También ocurre que siempre queda algún/a alma cándida que no tiene con quién jugar e incluso se siente intruso en los otros grupos y que se queda de espectador/a  hasta que mi interrogación le anima a jugar o a pedirme algún otro material para jugar solo/a.

En los siguientes cinco minutos ya tengo a varios que han decido cambiar el material escogido o añadirse a algún otro grupo de juego por diferentes motivos: aburrimiento, atracción, enfado… Y a continuación, es impepinable (es un homenaje a los pepinos ;-) que acuda otro/a alma en pena a buscar amparo ante las afrentas que le ocasionan sus compañeros/as de juego a pesar de la segunda condición que pacté al principio. En ese momento, un simple gesto de manos tipo “mira que si no os aclaráis se acaba el juego, eh” suele ser suficiente para que recapacite y vuelva al redil a intentar consensuar el problema.

Y así llegamos a la hora de recoger y volver al aula. Allí reflexionamos sobre lo acontecido y damos el veredicto sobre si el experimento ha salido bien o mal. Ya imagináis el resultado ¿no? Siempre ha ido todo bien y por supuesto que repetiremos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Nuestros niños se convirtieron en jóvenes para los que todo estaba pautado. No supieron organizarse y se quedaron charlando en bancos: fumando y bebiendo.
Mis xarrancas o pisos ya no los pinto con pintura sino con tiza, ya no se los hago yo sino que aprenden ellos a hacerlo...
vic

elmaestrojuan dijo...

Dejar hacerles más cosas por si mismos es todo un reto, para ellos/as y para nosotros. Gracias por comentar Vic.

Àngel Ramírez dijo...

muy bueno, y cuánta incompresión sobre este tema por parte de algunos compañeros y compañeras.